sábado, 19 de agosto de 2017

De Padres y Perros



Un artículo de contexto: http://www.elespectador.com/noticias/actualidad/trata-su-mascota-como-un-hijo-articulo-708795

Siempre me ha resultado extraño el gozo con el que ciertas personas se refieren sus “animales de compañía”, hablan de ellos como si se tratara de su descendencia, de sus hijos.
Es raro, puesto que muchos de ellos ni siquiera han tenido hijos, se refieren a los niños como un total estorbo, propio de seres, como yo, de casta inferior.
Otra de sus peculiaridades, en el caso de ser tíos o de que algún pequeño llegue al seno de su familia, es su constante exhibición con esa pobre criatura inocente que debe soportar los embates amorosos de aquel o aquella que en otros espacios desdeña de la maternidad o paternidad… pero ese es otro tema.
La claridad que he tenido que vivir, con muchas de esas personas que humanizan y vuelven sagre de su sangre a un cuadrúpedo, es que no le encuentro punto de comparación a la paternidad real, ¿a quién se le ocurre que puede ser el papá de un perro? No son necesarios años de estudio en zoología, veterinaria o lo que sea, para entender que es algo innatural. Basta ver un programa de televisión o un video que hable de la relación madre-cachorro para darse cuenta de lo corta que es, se limita a las necesidades básicas.
No digo que todos deberían tener hijos, no, no pienso eso. Es más, creo que hay personas a las que les deberían negar esa alternativa de manera constitucional. Por ejemplo, a los forros que consideran que un perro debe salir a la calle con “botitas”. ¡Puta madre! ¡Qué sería de la vida de un infante con una madre o padre así!
Una persona que desborda esta estúpida sobreprotección sobre un animal sería el peor referente de humanidad sensata para cualquier culicagado.
Comprendo que muchos deben estar molestos, dado que las personas que han alcanzado ese plano de superación contradictoria, al que no pertenecemos los majaderos que tenemos crías propias, soportan que les escupan a la mamá pero ni por el carajo que les miren de reojo a “su bebe, e pedito, e gatito”. ¿Qué le hacemos? Procuro respetar, o más bien callar, porque en realidad no respeto que a un perro a un gato se les convierta en el muro de lamentaciones y desahogos que simplemente sirven al egoísta ser humano que se cree mejor por tenerle un cuarto privado a un canchoso.
Como a los niños, si a los perros se les trata como pendejos, no se puede esperar que estos se comporten de manera ilustre.
Pocas cosas se comparan con salir a caminar acompañado de un perro que no necesita collar, ese mismo chandoso que se escapa y vuelve a los tres días oliendo a mortecino pero batiendo el rabo, con una cara de felicidad, como queriendo contarle a uno lo bien que la había pasado y la cantidad de perras que se había saboreado. Entonces, uno lo miraba con piedra y asco, pero nunca sin dejar escapar el amor que se puede sentir por ver que ese desgraciado había regresado, como un verdadero perro amigo. Se le miraba con el amor en el que se acepta al otro como es y no con botitas de mierda “pada que as patitas e bebé do se mojen”.
Finalmente, no importaba cuántas veces se tuviera que volver un caos el baño para quitarle el olor a lujuria canina a ese pulgoso, pues pocas personas son tan buenos compañeros de camino como un perro, pero pocos perros te cambian la vida con una palabra.
La mayoría prefiere arrastrar a los otros con una cadena. La mayoría llama amor verdadero a ese en el que no obtiene respuesta ni reclamo, a ese en el que hay un amo y una mascota que siempre mueve “a codita e bebé”.
Ese es el amor de hoy, el de mostrar como trofeo, el de tratar de mejor forma a un animal de laboratorio que al propio prójimo.

¡Cómo me hace de falta un perro para caminar mientras tenemos una inteligente conversación!

viernes, 11 de agosto de 2017

Eugenia y Bogotá (extracto 01)


Eugenia siguió las indicaciones. Al llegar a la estación de la Avenida Jiménez con Caracas, a esa semi-cloaca distrital, se dirigió, sin saberlo, a la salida sur. Allí vio una plazoleta con una suerte de poste a manera de obelisco pigmeo que indica la ubicación de la letrina pública del sector. Al fondo una iglesia. Eugenia, como historiadora que es, sintió atracción por aquel templo. Nadie, hasta pasadas unas horas, le habló de aquella estructura, cuyo estado es fiel testimonio del logro alcanzado al consagrar una tierra de rateros al Sagrado Corazón de Jesucristo, donde los verdaderos mártires necesitarían un terreno millares de veces más prominente que el de aquella plaza enjuta.
Eugenia encontró cerrado el templo, así que siguió su camino hacia lo que ella consideraba debía ser el centro de esta Atenas. No se equivocaba, estaba caminando sobre el eje de esta mentirosa sociedad, de conciencia sucia, con olor a tinaco mezclado con varillos de bareta y bazuco, sin dientes y llena de cicatrices, aspirando una bolsa con restos de pegamento hallada junto a una bola de excremento, que esconde con arrogancia la inequidad que siempre la ha caracterizado, que prefiere un bloque de cemento a una caja de libros… Eugenia caminaba por el verdadero “sagrado corazón de Bogotá”.